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Jugando a ser bohemio en París, con la mirada en casa y media Europa a la espalda, me siento por última vez a reflexionar sobre el viaje. Muchas cosas sucedieron por el camino, muchos encuentros imborrables y algúndesencuentro inevitable. Nada ocurrió como estaba previsto, nada estaba previsto y aun así el viaje fue tomando vida mostrándonos la dirección a seguir en cada momento.
La llegada al viejo continente fue traumática. Hubo un tiempo en el que los viajes eran privilegio de unos pocos que disponían de la fortuna suficiente o de las agallas para embarcarse en alocadas empresas, que en muchas ocasiones acababan en desastre. Hoy la cosa ha cambiado, la tecnología avanza que da susto y no hay viajero que se mueva por Europa sin teléfonomóvil y ordenador portátil. Las mochilas dan paso a la maletita de ruedas y es imprescindible llevar en el equipaje máquina de afeitar, zapatos de fiesta y el último grito en desodorantes: "AXEnightattack". Por lo que pueda suceder. Hoy triunfa el tour organizado, incluso para ir a los garitos de moda, y la comida en McDonald's para evitar sorpresas. Hoy para ser viajero basta con pisar muchos países de los que ponen sello en el pasaporte y recorrer miles de kilómetros para terminar hablando con la computadora...y yo con estos pelos, y estas barbas, y unos pantalones raídos que compré en Irán, y la mochila hecha pedazos y para colmo de rarezas escribiendo a mano en un local con banda ancha...
A pesar de todo la ruta siempre reserva algunos encuentros para compensar. Y asíconocí al loco Sebastián, a Adela y a Andrew con los que pasamos unos buenos momentos en las noches de Centroeuropa; y asíconocí a Cindy que tenía unos ojos de gata persa que parecían de mentira; y así llegue a París, sabiendo que no era mi sitio, pero por echar unas fotos. Que se queden los parisinos con su glamour y sus luces, que yo me quito los zapatos y me voy con los hijos de Twain.
Gracias por seguir nuestras aventuras y hasta más ver amigos.
Por primera vez desde que comenzó el viaje mi rumbo busca la dirección del sol de poniente, por primera vez me dirijo a casa. UlanBator se difumina en el horizonte en un reguero deshilachado de yurtas y fábricas de lúgubre aspecto y mi mente está ya en Europa anticipándose a un cambio de cultura y de ritmo de vida que llegará sin duda con el cruce de los Urales. Las horas pasan lentas, el vagón se sume en un letargo marcado por los ritmos acompasados de las vías hasta que, de repente, sin motivo aparente, los pasillos se llenan de vida, de embalajes extraños y el bullicio se apodera del arrullo hasta entonces omnipresente del tren. Aparecen las primeras casas, otra ciudad. Los dueños de los paquetes se agitan inquietos. Cientos de personas esperan en el andén y ninguna pretende viajar. Lo que les congrega allí son las mercancías, presumiblemente baratas, que traen los comerciantes mongoles. Abundan abrigos, mantas y toallas, pero adentrándose en la masa humana que se forma en la estación, uno encuentra zapatos, bolsos, ropa interior... los maniquís suben y bajan, pasajeros de plástico sin equipaje y sin billete; y las babushkas ofrecen al viajero de qué alimentarse. El tren se mueve, las últimas transacciones tienen lugar apresuradamente por las ventanas y poco a poco la serpiente de hierro recobra la tranquilidad sumergiéndose en un sueño del que no despertará hasta la siguiente parada.
En este centro comercial con ruedas metálicas llego a Moscú, cinco díasdespués, dos libros después, veinte horas de músicadespués, seis paquetes de noodlesy treinta cafésdespués de abandonar Mongolia, esta vez con los papeles en regla y el consentimiento explícito de las autoridades rusas.
Los rigores burocráticos del imperio más extenso de la tierra no me permiten más que una corta visita para recordar aquella vez en que las sandías se convirtieron en souvenir, las calles en laberinto y los recuerdos de la noche en imágenes efímeras vividas en tercera persona. (1) Un día para apreciar la belleza de las rusas, los desmanes arquitectónicos de la paranoia soviética y la exuberancia exagerada de la catedral de san Basilio y del metro de Moscú. Un día para visitar la ciudad antes de tomar de nuevo el tren hacia los países del Báltico.
(1) Referencia a un viaje anterior a Rusia en el que nuestra juventud pasajera y nuestra perenne falta de lucidez nos llevaron a cometer alguna que otra locura...
Inmersos en el sopor hipnótico del que viaja en el tiempo, entramos en Mongolia imaginando presentes, futuros y pasados abrazados a una ventanilla que nos enseña, por si alguna vez lo olvidamos, que viajar es soñar, siempre soñar. Soñar con el próximo viaje y con el regreso. Soñar con volver a abrazar a los que dejamos en casa y con conocer a los que aun no estaban. Soñar con nuevos amigos, con otra puesta de sol y con leyendas de viejos sabios. Viajar es vivir soñando, no importa dónde dormirás mañana, no importa el destino, y eso lo aprendemos bien en este país, al principio meta final de este viaje. Mongolia resulta ser una pequeña decepción, posiblemente provocada por las altas expectativas que abrigábamos antes de llegar; y sin duda alimentada por la actitud de sus gentes que no han sabido asimilar el impacto destructivo del turismo, que con su toque nefasto de rey Midas, convierte en cuestión de dinero todo lo que toca. Aun así, los casi dos meses que he pasado en esta tierra no han estado exentos de aventuras, fuertes emociones y encuentros interesantes que han dejado una huella que perdurará para siempre en mi memoria.
UN TOUR POR EL DESIERTO.
Los primeros días en Ulan Bator reciben calurosamente la visita de Solene, que llegó dispuesta a comerse el mundo de un bocado y a recorrer todo el país en las tres semanas escasas de que disponía. La realidad la devuelve a su sitio, las carreteras mongolas imponen su voluntad y filtran la llegada de viajeros a los lugares más inhóspitos. El tiempo y el dinero marcan su ritmo y optamos por seguir la ruta más transitada para visitar el desierto del Gobi. Tiempo habrá después para sacar el pulgar a pasear y rezar a los dioses de la carretera para que no nos dejen tirados en la cuneta. No hay misterios, un tour es un tour y cada vez que me encuentro en uno me prometo que esta vez será la última. Poco a poco la monotonía del paisaje se suma a las largas horas en los asientos de la vieja furgoneta rusa y sólo alguna puesta de sol, alguna noche durmiendo bajo miles de estrellas, aplacan la impaciencia que provocan el tedioso paseo a camello o la parada obligatoria para la foto de grupo. Esta vez sí, me juro con vehemencia, esta vez es la última o cuelgo la mochila de una vez por todas.
¿QUIEN ME ROBO EL VERANO? Una tarde cualquiera del mes de agosto abandonamos el grupo con una gran sonrisa, todavía no sé si provocada por la alegría o por el intenso frío que se clava en los huesos. Sorprendidos por el duro clima de la supuesta tierra del cielo azul nos embarcamos en un abarrotado autobús dispuestos a trazar nuestro camino. Lejos ya del alcance del manto protector de las compañías turísticas, comenzamos a sufrir los primeros problemas con los conductores locales, que tienen asumido no sólo que todo turista es inmensamente rico, no sólo que por una extraña razón el viajero repartirá con alegría el dinero sin importarle lo más mínimo, sino que asumen también que es su obligación apoderarse de la mayor cantidad posible del tesoro del extraño. Obviamente esta filosofía es incompatible con la mía, y lo que es más importante, con la situación de mis arcas, por lo que me veo obligado a sacar el genio en más de una ocasión para persuadirles de su error. En el lago blanco conocemos a una pareja de franceses que han llegado desde Europa con su vieja caravana, y que nos proponen acompañarles en su camino hacia el norte. El clima empeora y las fuertes lluvias convierten las pistas en terreno imposible para la camioneta, demasiado cansada para luchar con las duras condiciones. Con grandes esfuerzos avanzamos terreno, a veces la máquina nos lleva, a veces somos nosotros los que la sacamos a ella de las trampas de la ruta. Sin darnos cuenta van cayendo las hojas del calendario en un otoño prematuro y la hora llega de regresar a la capital para despedirse de una Sol eclipsada por la dureza del viaje y por el peso de sus propias preocupaciones que no supo dejar atrás.
UN ANIVERSARIO MEMORABLE. Con todo el tiempo del mundo por delante, un presupuesto que toca a su fin y frente a un mapa de Mongolia, decido que ya ha llegado la hora de rendir visita a los apus del lugar. Sin demasiado tiempo para reflexionar uno mis fuerzas a un grupo desigual de viajeros a los que sólo me une el objetivo común de llegar a las montañas del oeste. Juntos atravesamos el país en dos todoterreno alquilados para la ocasión, acampando en la estepa y disfrutando de una vida nómada que nuestros chóferes se empeñan en estropear haciéndonos revivir malas experiencias pasadas. No hay nada que una al extranjero y al mongol más allá de los papeles coloreados que pudren las almas de los ávaros. Con una pequeña batalla campal les despedimos deseando olvidarnos de todo perdiéndonos en la soledad fría de las montañas. Los días se suceden regalándonos paisajes otoñales y las noches nos castigan en nuestras casas de papel con temperaturas de invierno. Poco a poco vamos recorriendo una senda gastada por el ganado, descubriendo nuevos paisajes y despidiendo a los verdaderos nómadas que recogen sus enseres a nuestro paso para escapar de un clima demasiado duro para las personas y para las bestias. Nos adentramos en el valle, aparecen glaciares y cimas majestuosas ninguneando con su belleza los pesares de la travesía. Penúltimo día de septiembre, las primeras luces del alba me sacan de la calidez de mi saco de dormir para presenciar un amanecer de lujo que brindo a mi sobrino Víctor en su quinto cumpleaños. Con dificultad me calzo las botas, literalmente congeladas durante la noche, y poco a poco desciendo hasta el glaciar con la única compañía del crujir de mis pasos en la nieve absorto por la luz cambiante que desciende lentamente de las cumbres nevadas. Cuando regreso al campamento todo el mundo esta preparado para ascender el que creemos será el último puerto de la travesía. Avanzamos con calma confiando que los apus nos serán favorables una vez mas, pero casi sin darnos cuenta nos vemos atrapados en medio de una furiosa tormenta que ciega nuestros pasos y nuestro entendimiento. El grupo, presa del desconcierto y de la histeria se resquebraja. Confundidos por el viento, un mapa inútil y por el chullanchaqui que me tiene manía, Henry el inglés y yo, cruzamos inadvertidamente y sin papeles la frontera de Rusia, contentos por dejar atrás la histeria del resto del grupo y la hostilidad de la montaña.
UN PERCANCE DE PROPORCIONES INTERNACIONALES. Desde el momento en que vislumbramos la bandera tricolor del puesto militar ondeando al viento, nuestra vida se convierte en una sucesión de acontecimientos asombrosos. Después de superar la sorpresa, el mando del fuerte comienza a gestionar nuestros destinos. Las horas pasan vacías, la comida es buena y las sonrisas cómplices de la tropa nos tranquilizan. A media tarde, enfundados en un grueso abrigo prestado para soportar el frío extremo de Siberia, el capitán nos embarca en la parte trasera de un vehículo y nos despide con un forzado “go home”. En el remolque abierto a la intemperie, escoltados por dos guardas armados con su kalashnikov, la oscuridad se cierra, la nieve arrecia y el camión avanza a duras penas abriéndose paso entre el espeso manto. Perdidos en ninguna parte nos hacen descender y caminar en la noche siguiendo el paso apresurado de nuestros centinelas. Con dificultad marchamos a ciegas intentando no caer al precipicio que se adivina, la capa de nieve sobrepasa nuestras rodillas, el grueso abrigo es un estorbo y el ánimo ensombrecido por la incertidumbre no ayuda a aguantar el ritmo experto del que fue entrenado para luchar contra los rigores del invierno siberiano. Al llegar a nuestro destino, un coche espera para transportarnos durante el resto de la noche a la ciudad más próxima y depositarnos en el cuartel como sospechosos de espionaje. Los interrogatorios se suceden, el trato es excelente y si no fuera porque cada vez que vamos al baño nos acompaña un guardia, creeríamos que estamos en uno de tantos hostales. Pasamos las horas muertas jugando al ping-pong con nuestros captores hasta que por fin llega la hora de despedirnos del lugar. Se ha deshecho el entuerto, las autoridades mongolas nos recibirán en la frontera para devolvernos la libertad. El mando del cuartel nos despide con una sonrisa amable desde la ventana y abandonamos Rusia con la música kazaka a todo volumen en medio de un ambiente de fiesta. Al llegar al puesto fronterizo todavía nos aguarda una sorpresa. Los militares mongoles que han de hacerse cargo de nuestro traspaso, completamente ebrios, no aciertan a cumplimentar el papeleo. Asistimos a un espectáculo lamentable y divertido a la vez. Entre vomiteras y abrazos paposos, la armada rusa nos deja al amparo del grupo de borrachos. ¡Que dios nos pille confesados! Mongolia nos recibe como siempre, los trámites de este lado de la frontera se reducen a una simple cuestión de dólares, y nuestra vida tranquila de turista vuelve a la normalidad. De nuevo en Ulan Bator, tres días sin hacer nada a la espera del tren que me devolverá a Europa, me ayudarán a reposar y a asimilar las intensas experiencias vividas en la tierra de Gengis Khan.
Nota: Aunque he criticado fuertemente la actitud de los mongoles para con el turista, me gustaría resaltar que esta crítica ha sido provocada por mis experiencias y que soy consciente de que siempre que uno generaliza a todo un país esta cometiendo una injusticia. Mis disculpas pues a los pocos mongoles honestos que conocí y a los muchos que no se cruzaron en mi camino.
Mis disculpas por la falta de capitulos, pero las condiciones de viaje de Mongolia se imponen y no podre editar ningun capitulo hasta finales de Septiembre.
Nos leemos entonces con nuevas aventuras en la tierra del cielo azul, donde no para de llover. (Pero no me voy a quejar porque ya ha caido alguna nevadita...)
Al fin llegamos a Xian, punto y final de la ruta de la seda aunque no de nuestro viaje. Todavía faltan muchos kilómetros en tercera clase, antes de que nuestros caminos se vayan curvando hacia el oeste para tomar rumbo hacia la vieja Europa.
En el hogar del primer gran emperador de la China se deja sentir la presencia de su escolta enterrada hace miles de años y la proximidad en el tiempo del circo olímpico. Los guerreros de terracota nada pueden contra el ejército invasor. Armados con sus cámaras y sobrealimentados hasta la obesidad, los vándalos de occidente disparan la inflación de las zonas mas turísticas. La armada del emperador QinShiHuang sucumbe ante su propia gloria sin perder del todo su encanto, por lo que todavía merece una visita.
Nuestra ruta hacia la capital pasa por algunas poblaciones que, aunque ahora volcadas con el turismo, siguen conservando el encanto de sus callejones desiertos, de sus partidas de ajedrez a la hora de la siesta, de la vida sin prisas. En Pingyao tomamos aire antes de sumergirnos en el caos de Beijing, conquistado ya por el espírituolímpico y sus horribles mascotas. ?Quién elige esos bichos? ?Quién es el padre de los Jiwi, Flubby, Coby...? ?Quién les pone nombre?
La enorme presión policial se suma al agobiante calor de un sol eternamente oculto tras la neblina. Visitamos los lugares más atractivos, varios templos (y van mil), y hacemos un intento por ver el estadio del nido de pájaro; al llegar, un inmenso bloqueo policial nos impide el paso. Durante más de quinientos años la residencia de los emperadores estuvo vetada a los tristes mortales, hoy la ciudad prohibida se desplaza a las afueras de Beijing y está fuera del alcance de todo aquel que no se adorne con los colores mágicos. Ni siquiera nuestro D.N.I., que tantas alegrías nos ha dado para variar, nos abrió las puertas del Olympo.
Hartos de tanta farsa, de tanto "oneworld, onedream" con cordones policiales para que las autoridades visiten la ciudad sin mezclarse con las masas; nos vamos hacia el norte a comprobar el estado de la muralla. En Jinshanling el tiempo sigue trabajando la piedra y, salvo unos cuantos tramos bien reconstruidos, el gigantesco muro deja soñar con la historia lejos del bullicio de otras zonas más visitadas. Esquivamos la presencia de los guardas para hacer noche en una de las antiguas torres de vigilancia. Con la Gran Muralla para nosotros solos vemos pasar la tormenta y el sol, como siempre huidizo, nos priva de un amanecer que prometía demasiado.
Nuestras horas en China llegan a su fin. Adiós al pollo con cacahuetes, a la comida picante y los restaurantes ruidosos. Adiós a la polución, a los escupitajos y al tráfico imposible...aun no hemos salido y ya empiezo a echar de menos este país, ?por qué sera?
Xinjiang es la última frontera de China, la más alejada y un territorio en el que sus habitantes no parecen darse cuenta que ya no estamos en Asia Central. Los mismos hábitos, trajes parecidos y una ligera mejora en la oferta culinaria. Los mismos mercados ruidosos, carros tirados por burros y mujeres musulmanas cubiertas con velo. ?Pero, hemos entrado en China o no? Sí, hemos entrado, una estatua de Mao presidiendo la rutina diaria de Kashgar nos devuelve a la realidad.
Ansiosos por estar inmersos en la China de verdad, la del arroz y los ojos rasgados, dejamos atráskilómetros de desierto. El terrible y bello desierto de Taklamakan, que antaño obligaba a las caravanas de la ruta de la seda a desviarse para evitarlo bien por el norte o por el sur.
Vamos rompiendo el viaje con paradas aquí y allá para descansar de las largas jornadas. Pronto asoman los primeros edificios de techos ondulados, y el extremo más occidental de la Gran Muralla nos anuncia el fin de tierras bárbaras. Se construyó para eso, para proteger la civilización de las hordas del norte. Hoy, de pie sobre sus muros en un mundo barbarizado, uno no sabe de que parte de la pared puede venir la catástrofe.
Nos sorprenden los elevados precios de cualquier visita turística, ya sea un paraje natural o un lugar histórico el viajero ha de rascarse el bolsillo pagando un precio desproporcionado con el coste de la vida diaria. Para mitigar ligeramente el quebranto que suponen las alocadas tarifas y, aprovechando el desentendimiento total, nos hacemos pasar por estudiantes debidamente identificados con nuestros flamantes D.N.I. El guarda de turno mira una y otra vez la extraña tarjeta hasta que, dándose por vencido, nos cobra la mitad del importe sin interesarse demasiado por nuestro aspecto de bachiller envejecido.
La barrera idiomática provoca situaciones a veces frustrantes, en ocasiones cómicas. Algunas veces nos esforzamos por nombrar los platos que nos apetece comer, otras señalamos al azar en el menú cualquier linea de símbolos que se ajuste al presupuesto. Las situaciones más complejas se dan a la hora de comprar pasaje, ya que a la menor duda, en vista de nuestra evidente extranjería, la cajera de turno nos manda a paseo sin hacer muchos esfuerzos por comprender a dónde queremos viajar. En estas situaciones hemos comprendido que la actitud de la "mosca cojonera" es la más efectiva y nos aferramos con las dos manos al mostrador para no soltarlo hasta obtener un billete de ida a nuestro destino.
El gran gigante, el dragón dormido, parece despertarse por momentos transformando en unos pocos años lo que permanecióestático durante siglos. En este proceso de modernización, aunque no todo sea negativo, nos da la impresión de que el partido regente con un sencillo juego de palabras, ha abierto las puertas al consumismo más salvaje sin abandonar la política represiva habitual. De esta forma la gran China milenaria se irá fundiendo poco a poco con occidente obligando a sus gentes a adaptarse como puedan a la nueva situación; como los monjes Shaolis que andaban por la calle dando un espectáculo circense para vender unas pocas baratijas.
Los valles que rodean la zona de Karakol son la meca del turismo. Descartadas otras alternativas por problemas burocráticos y climatológicos, nos sumamos al grueso de aventureros que vienen a rendir culto a los Apus del lugar. Los motivos son variados, algunos por esnobismo, por curiosidad o para ver de cerca las nieves que despuntan en el horizonte, otros por pura pasión por la montaña, y no falta algún americano, de los de salvar al mundo mascando chicle, que decide ser original cruzando los puertos más exigentes calzando unas sandalias. Pasan los días haciendo preparativos, alquilando material y acopiando víveres, el grupo va engordando con el encuentro casual con Natacha y Arthur que nos acompañarán de nuevo en nuestro viaje. El peso de nuestras mochilas, y el de los días de inactividad durante el invierno cargan de plomo nuestros pies, la marcha transcurre lenta y el cielo amenaza. En plena subida al lago Ala Kol una tormenta de granizo nos obliga a encogernos al abrigo de una vieja caseta de madera. La tormenta pasa y las nubes se van abriendo tentándonos a seguir camino y dándonos la tregua suficiente como para acampar a orillas del lago. Allí arriba no para de nevar y las tiendas van cediendo al peso obligándonos a pasar la noche en vela y a usar nuestra imaginación para poder cenar caliente.
La mañana despejada nos regala una de esas maravillas que suele ofrecer la naturaleza para compensar una noche endiablada. Subimos al puerto dejando huellas frescas en la nieve y pensando en lo bien que lo pasará el listo de las sandalias.
De nuevo el llano, nuestros días en Kirguizistán se convierten en una carrera alocada para llegar hasta China. Topamos con las enormes dificultades de las carreteras secundarias, regresamos de nuevo a Bishkek para retomar la ruta principal y para comprobar por pura diversión si los cambistas del Osh Bazar intentaban de nuevo el juego de manos que ya descubrimos en la primera visita. Conseguimos plaza de tercera clase en un camión sin carga rumbo al paso de Irkestán. El camino de Osh hasta China es largo y la carretera una de las peores que sufrieron alguna vez nuestros esqueletos. La belleza del paisaje nos hace olvidar la tortura de los baches y el polvo del camino se va apoderando de nosotros, aprovechando el estadosemi ausente que nos provoca el ronroneo del motor y los pensamientos perdidos en lo que dejamos atrás con nuestro viaje. Antes de la caída de la noche llegamos al puesto fronterizo en el que nos quedaremos a dormir para afrontar los trámites con renovadas energías.
Brilla alto el sol cuando los guardas de Kirguizistán tienen a bien abrir sus puertas, pero la incomprensible idiosincrasia china nos agota esperando entre camiones a que algo suceda. Las páginas del libro van cayendo una tras otra y lo vemos adelgazar con un ojo atento a la barrera que permanece inmóvil. Una, dos, seis horas y todo sigue tranquilo. La desesperanza nos abruma y nos abandonamos resignados al aburrimiento cuando el ruido lejano de un motor nos devuelve la ilusión.
El registro por parte de los guardianes de la doctrina de Mao es estricto. Con el paso de los años, los viajes nos acostumbraron a ser sospechosos en la aduana de casi cualquier canallada. Nos acusaron en Australia de tráfico de drogas, en Sudáfrica de trata de blancas, y cada vez que pisamos la estación de Zaragoza no falta un policía de paisano que compruebe que no somos parte de una banda armada. Nada de eso nos sorprende ya, pero las mentes paranoicas siempre van un paso por delante del más ingenuo de los mortales y esta vez nuestro delito es que nuestros mapas no reflejan fielmente los límites de la República Popular. Una charla sumisa, como aconsejan las buenas costumbres del eterno sospechoso, convierte el incidente en una risa y pasamos la frontera sin más novedad que una guía hecha jirones. Porque, eso sí, un mapa que le de a Taipei el estatus de capital de país, es objeto non grato a este lado de la alambrada.
Cansados de peatonear por el mundo nos lanzamos a explorar las estepas de Murgab en prestadas monturas de metal. Un viento huracanado se opone a nuestro avance, e incluso una tormenta de arena se suma al trabajoso esfuerzo que supone pedalear a más de tres mil quinientos metros por encima del mar. El camino, más largo y más duro de lo previsto, nos obliga a pasar la noche en una yurta plantada para extranjeros junto a una fuente de aguas termales. No conviene luchar contra las circunstancias en esta dura tierra, de nada sirve acelerar nuestros corazones cuando el próximo transporte vendráquizásmañana, o quizás pasado. Antes de abandonar Tajikistán hacemos una última parada junto al lago Karakul, y una vez más, esta vez en compañía de Arthur y de Natacha, nos vemos anclados junto a una carretera sin tráfico a merced del paso del tiempo, y a la espera de que una estela de polvo rompa la monotonía de un horizonte emborronado por el calor. Cruzamos por fin a un nuevo país, marcado más por un cambio de clima que por la presencia de otra frontera. La sequía pertinaz de las últimas semanas se convierte en lluvias torrenciales, y nuestras esperanzas de que la "autopista del Pamir" mejore con los mayores recursos de que dispone Kirguizistán, se ven barridas bajo los innumerables desprendimientos que bloquean la carretera. Sorteamos una, dos, tres, infinitas barricadas naturales, soportamos con paciencia los atascos provocados, e incluso intentamos sin éxito organizar el tráfico dialogando con los ofuscados conductores. De nada sirve aportar nuestra visión occidental, cuando el más mínimo hueco lo ocupa inmediatamente el mas rápido o el mas fuerte. Después de una interminable odisea damos con nuestros doloridos huesos en Osh, punto de partida para recorrer este rincón de Asia Central, antes de dar el salto hacia China. En Bishkek nuestros caminos se separan temporalmente, y Henry, el irlandés, se une al mio para visitar el lago SongKol. Comenzamos la marcha de buena mañana, y aún no hemos caminado ni veinte minutos cuando escuchamos por primera vez una palabra que nos acompañará durante toda la ascensión. "Kumuz" nos gritan desde una yurta junto al camino, y así descubrimos la bebida nacional, después del vodka, que preparan los nómadas con leche de yegua. La abrumadora hospitalidad local convierte la excursión en una inacabable caminata interrumpida constantemente para saborear el kumuz; y la fuerte pendiente martiriza nuestros estómagos ya agonizantes por la acidez y el exceso de líquido. Junto al lago las tormentas se suceden, los días transcurren en la vida de los pastores como lo han hecho siempre; y en las nuestras con más hospitalidad y más leche de yegua fermentada -me esta empezando a gustar esta bebida-, en casa de los que menos tienen.
El contacto con las montañas carga mis energías, las posibilidades son infinitas, y la corta estancia que nos posibilita nuestra visa, me obliga, a seguir camino con la mirada fija en los montes de Karakol. Los paisanos van sembrando sus casas de piel allá donde la tierra es más generosa con sus pastos, y el paisaje se va poblando de árboles a medida que nos acercamos a IssykKul. Lejos en la memoria quedan ya los áridos montes del Pamir, y las elegantes cumbres del TiaShan, nos reciben con el estruendo de sus ríos en el apogeo de la primavera.
Las ciudades de la antigua Unión Soviética y la burocracia están unidas por un lazo inseparable, y a pesar de tener todos los visados en regla, en Dushanbe tenemos que llevar al límite, una vez más, nuestros escasos conocimientos de ruso para cumplir todos los requisitos que exige el gobierno Tajiko. Un registro, un permiso para acceder a ciertos lugares del país, una mala excusa para dejar al visitante desprovisto de divisas. Nos quedamos en la capital el tiempo justo para que sonrían las estatuas de Lenin al ver que sus viejos métodos siguen todavía vigentes. Ponemos tierra de por medio con impaciencia por llegar al legendario Pamir, el techo del mundo, un nudo montañoso del que se van deshilachando las cordilleras más imponentes del planeta. El TianShan, el Karakorum, el HinduKush, parten de este lugar creando barreras inmensas y modelando las costumbres de sus habitantes a fuerza de luchar contra la adversidad.
El viaje desde Dushanbe hasta Khorog lo hacemos en una antigua máquina rusa que todavía supera con fuerza los peores tramos de la ruta. Enlatados en la estructura metálica vamos botando durante horas al ritmo que marcan los baches. Unos golpecitos en el hombro, hay que anunciar al turista que al otro lado del río esta Afghanistán, eso seguro que le impresiona. Abrimos bien los ojos y escudriñamos cada hueco en la roca, cada recodo del río, y, después de convencernos de que por allí no anda BinLaden, nos dejamos atrapar de nuevo en el sopor que provoca un viaje que dura ya demasiado.
Por fin ponemos el pie en Khorog, más de veinte horas de música estridente, esqueletos de tanques de guerra abandonados en la cuneta, un estupendo paisaje y la amenaza del hombre más buscado, nos han dejado a las puertas de la que fue bautizada como la autopista del Pamir; ochocientos kilómetros de carretera sin asfaltar en su mayor parte, con fama de transcurrir por uno de los parajes más bellos del Asia Central.
Dispuestos a abordar cualquiera de los muchos camiones que suponemos harán el recorrido, aparcamos nuestros bultos junto a la ruta. Hay menos tráfico del esperado y comprobamos que la tarea va a ser más difícil de lo previsto.
La primera jornada nos lleva hasta Jelandy, un pequeño conjunto de casas encerrado entre montañas, donde nos esperan unas aguas termales que relajan nuestros entumecidos músculos de viajero. El segundo tramo resulta mucho más complicado, apenas vemos un vehículo en todo el día, y los que pasan van cargados en exceso o piden demasiado. Apostados junto a una vieja caseta vemos pasar las horas, abrumados por un estruendoso silencio roto de vez en cuando por el silbido del viento; las más de las veces; o por el ruido lejano de un motor que nos saca de nuestro letargo para volvernos a sumir de nuevo en la decepción de un coche que pasa de largo, o que circula en sentido contrario. Así pasamos dos días hasta que un alma caritativa se apiada de las nuestras a un precio moderado.
El maltrecho todoterreno resopla en las cuestas, dejando atrás la que fue nuestra cárcel sin rejas, abriéndonos de nuevo el horizonte a un paisaje salvaje, imponente como sólo lo pueden ser los grandes espacios abiertos. Un desierto lleno de vida que únicamente los pobres se atreven a habitar porque nada tienen que perder...
Recuerdo con claridad cuándo fui consciente por primera vez de lo que significaba viajar. No sólo dónde, sino cómo. Una calurosa mañana de Abril en el Rajastán indio, - hay memorias que sólo la India es capaz de grabar a perpetuidad – después de una dura batalla en la estación de Jaisalmer, un billete de tercera clase en mi bolsillo daba alas a mis ilusiones de encontrarme cara a cara con las cumbres del Himalaya. En el andén, agazapados bajo una ridícula sombra, una pareja de turistas sudaban desesperados el agobiante calor. Esperábamos el mismo tren, con el mismo destino, aunque nuestro viaje nunca sería el mismo. Ellos viajaban con la esperanza de que su primera clase con aire acondicionado filtrara el polvo del desierto, que no entraría por sus ventanas; y a los parias de la India que jamás se atreverían a cruzar la puerta de su compartimento. Yo también pienso lo mismo, cuando uno tiene por delante un largo viaje hay que pensar en qué gente compartirá su destino. Es por eso que, sobre todo desde aquel día, siempre que compro un pasaje pienso en filtrar a mis compañeros de viaje. Es por eso que me gusta viajar en tercera.